Contar como perdí el segundo molar de mi quijada izquierda es un
asunto penoso; pero toda historia debe tener un inicio, ya sea que se
diga al principio, a la mitad de la narración ó al final. En este caso
ocurrio una mañana en la que llegando a mi trabajo en el bingo, fui
recibido por un cliente arruinado y furioso, que me golpeó tan fuerte
que hizo se perdiera la mitad de mi diente.
Expelido junto con
espumosa saliva y algo de sangre caliente, tuvo su primera experiencia
de libertad fuera de mi boca; traumado, se vio privado de la comodidad
de la encía y de la su raíz hundida en el hueso. Yo, enojado y
sorprendido no lo buscaba a él, sino al infeliz que nos habia separado.
De alguna manera, el sentir que su dueño no lo buscaba, fue un punto de
cambio en la vida de mi diente: ¡ha probado el abandono! y sin oir
siquiera la palabra desapego..
Encontré al abusador que me ha
golpeado en las escaleras del centro comercial, lo acorralé y con furia
ciega le he agarrado de las solapas de su chaqueta. Insulto iba e
insulto venía, para mi sorpresa, el infeliz no reaccionaba, frio e
impasible soportaba mis improperios e insultos con la actitud de quien
sabe que nada pueden contra él.
Lo que realmente me saca de mis
casillas es el hecho de que riera como una hiena enloquecia. Se soltó de
mi agarre y empieza, cual malo de James Bond, a hablar en una perorata
estúpida sobre privilegios, posición y el hecho de mi fútil existencia.
Inclusive se acerca a mí con las desagradables ínfulas de los que
sabiendose escoria, piensan que son oro blanco; no aguanté, de un
cabezaso lo tiré al suelo.
Regresé a las escaleras a buscar mi
diente. Lo encontré en el último peldaño, lo limpié hasta devolverle su
color nacarado, lo puse tiernamente en un pañuelo; y fui a trabajar.
Envuelto en un pañuelo y en la oscuridad, el diente tuvo otra experiencia nueva: sintio algo dentro de si. No
era un dolor en la pulpa ni una caries profunda; era algo que salia de
adentro hacia afuera y lo envolvía. Lo maravillaba y lo angustiaba. Lo
empequeñecia y lo agrandaba; le daba alas y se las quitaba.
Decidio
salir y rodando de un lado a otro, y de arriba a abajo, desenrolla el
pañuelo y emerge victorioso al mundo; solo para ver que otra oscuridad
lo arropa. Sobrecogido, observa por segunda vez el nuevo mundo, donde el
negro profundo de la oscuridad parece querer tragarlo.
Voy al
baño para cambiarme lo antes posible y no perder más tiempo.
Afortunadamente tengo la muda de ropa que uso cuando debo hacer doble
turno. Salgo del baño y me sumerjo en las luces y el atontamiento del
ruido de las máquinas y la música de fondo.
Alexa me esperaba
enojada como siempre y descortés como nunca. Enojada me dijo que era
tarde, y contenta, me dice que mientras me esperaba, un cliente le dio
una buena propina. ¡Con tu máquina de la suerte! ¡ la del rinconcito
oscuro! me dice, y agrega que en su turno nadie gana allí ¡Imagínate! me
espeta mientras se agarra la cadera con la mano izquierda, y desata mi
corbata con la derecha. Chao.. se despide y me deja con el mal sabor de
boca por partida doble: sin diente y sin propina.
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Está
oscuridad es de otra índole; impersonal y sin alma, hace juego con el
frio del locker donde el diente fue abandonado. Extraña la oscuridad de
la boca donde había vivido y se pregunta si podrá volver algún dia. Un
estremecimiento se apodera de toda su dentina, asustado, se da cuenta de
que no se está moviendo y no entiende lo que ocurre; solo sabe que
quiere estar en la boca de donde ha salido.
¡Vaya dia! el trabajo
de siempre se complica con los nuevos clientes que se quejan, y los
viejos clientes que se quejan aún más, para no ser menos. Las dos
viejitas, Margot y Viviana, que me llaman para pedirme una, que suba la
temperatura del aire acondicionado, y la otra que la baje. Como siempre
subo la temperatura y me voy, solo para regresar diez minutos más tarde
para bajar la temperatura del aparato y verlas pelear.
¡Zorra!, le
dice la una, ¡engañada! le contesta la otra. ¡El viejo Ezequiel no te
queria! ¡te huele a muerto la boca! Margot se voltea mientras sus
vecinas se rien y espeta: ¡al menos se caso conmigo! ¡tú solo fuiste un
jugueteo de quince minutos! ¿Quince minutos? ¡veinte años y dos hijos!
¡tú solo le diste un hijo, porque toda su pasión era para mi! ¡Su
Vivianita! Asi, más o menos, es la pelea de estas dos mujeres. Las dejo
para hacer mi ronda y supervisar las chicas y el funcionamiento de las
máquinas, curiosamente tengo un pálpito y pienso en mi pobre diente
abandonado en el locker..
Mi dueño me abandonó. ¡Debo irme de
aquí! el diente rueda hacia una pequeña luz que se filtra por una
rendija. Se detiene, siente el frio del metal, y se pregunta como hará
para huir. Deja de pensar y tan solo se mete por la rendija, la luz lo
baña y lo ciega por un momento, y he aquí que se da cuenta de que puede
ver ¿puede ver sin ojos? ¡es un diente! resbala y la caída en el vacio
lo saca de esas divagaciones.
Cae al suelo y rebota, curiosamente
le parece agradable la situación. El sabor de lo prohibido y la
excitación de la aventura lo confortan. De repente, algo mullido lo
envuelve, es la zarpa de Félix, el gato del bingo, que lo ha elegido
como nuevo juguete, lo zarandea de arriba a abajo freneticamente, lo
deja en el suelo y le hace dar vueltas. Se cansa y haciendo malavares
con sus patas lo esconde en el pañuelo y corre a otro sitio.
El
presentimiento es muy fuerte y no deja que me concentre en mi trabajo.
Salgo de la sala y voy a mi locker. Lo abro y al desenredar el pañuelo
me doy cuenta de que el diente se ha perdido. ¡pero si lo dejé aqui!
¿donde está? cierro la puerta con furia, trato de calmarme y me doy
cuenta de que me sangra la encia.
En el estacionamiento el gato
salta sobre un carro y luego hacia la salida del ducto de ventilación.
Se mete por un agujero en la pared y llega a su cubil. Se sienta y con
las patas traseras y un movimiento inaudito de su cuello, extiende el
pañuelo, lo desenrolla y saca el botín: botones, bolas de metal, tela y
nuestro diente aventurero. Este se ve reflejado en los ojos almendrados y
amarillos del gato, algo nervioso dice sus primeras palabras a otro ser
vivo:
- Hola, gatito.
El gato retrocede y mueve sus bigotes, luego vuelve a fijar su vista en el diente y para sorpresa de este le responde.
- Hola dientecito. No sabia que los diente humanos desechados pudieran hablar. Dice el gato.
- ¡No soy desechado!
-¿como es que estás fuera de la boca de tu dueño?
-Solo
se que un golpe muy fuerte me hizo salir de allí. Envuelto en sangre y
saliva caí al suelo. Me guardaron en un locker y ahora estoy aquí.
-¡jajajajaja! Una vida interesante. Vamos a ver la bola de cristal y asi sabremos lo que te espera.
Félix
trae rodando una bola de cristal algo sucia hasta donde está el diente.
Este ve el gato, ve la bola, ve el cuarto lleno de cosas, y al
reflejarse en la superficie curva y cristalina del objeto de vidrio, se
ve llorando.
El gato se rie a carcajadas y le dice que se calme, y
mire la bola. Sorprendentemente, se forman imagenes en esta, borrosas
primero, y luego más claras; un flujo copioso de formas pasa sobre la
superficie curva del vidrio; el diente solo logra atisbar la imagen de
su dueño en el locker, triste y meditabundo.
- ¡Debes llevarme con mi dueño! le dice al gato.
-¡Ya tienes dueño!¡Soy yo! rie el felino.
- ¡Sabes a quién me refiero!
-¡claro, claro!¡el jefe de sala! dice el gato quien se acaricia la cara con su pata derecha.
-No es un hombre malo. Dice y luego se duerme.