viernes, 12 de septiembre de 2014

La salida del diente

Contar como perdí el segundo molar de mi quijada izquierda es un asunto penoso; pero toda historia debe tener un inicio, ya sea que se diga al principio, a la mitad de la narración  ó al final. En este caso ocurrio una mañana en la que llegando a mi trabajo en el bingo, fui recibido por un cliente arruinado y furioso, que  me golpeó tan fuerte que hizo se perdiera la mitad de mi diente.
Expelido junto con espumosa saliva y algo de sangre caliente, tuvo su primera experiencia de libertad fuera de mi boca; traumado,  se vio privado de la comodidad de la encía y de la su raíz hundida en el hueso. Yo, enojado y sorprendido no lo buscaba a él, sino al infeliz que nos habia separado. De alguna manera, el sentir que su dueño no lo buscaba, fue un punto de cambio en la vida de mi diente: ¡ha probado el abandono! y sin oir siquiera la palabra desapego..
Encontré al abusador que me ha golpeado en las escaleras del centro comercial, lo acorralé y con furia ciega le he agarrado de las solapas de su chaqueta. Insulto iba e insulto venía, para mi sorpresa, el infeliz no reaccionaba, frio e impasible soportaba mis improperios e insultos con la actitud de quien sabe que nada pueden contra él.
Lo que realmente me saca de mis casillas es el hecho de que riera como una hiena enloquecia. Se soltó de mi agarre y empieza, cual malo de James Bond, a hablar en una perorata estúpida sobre privilegios, posición y el hecho de mi fútil existencia. Inclusive se acerca a mí con las desagradables ínfulas de los que sabiendose escoria, piensan que son oro blanco; no aguanté, de un cabezaso lo tiré al suelo.
Regresé a las escaleras a buscar mi diente. Lo encontré en el último peldaño, lo limpié hasta devolverle su color nacarado, lo puse tiernamente en un pañuelo; y fui a trabajar.
Envuelto en un pañuelo y en la oscuridad, el diente tuvo otra experiencia nueva: sintio algo dentro de si. No era un dolor en la pulpa ni una caries profunda; era algo que salia de adentro hacia afuera y lo envolvía. Lo maravillaba y lo angustiaba. Lo empequeñecia y lo agrandaba; le daba alas y se las quitaba.
Decidio salir y rodando de un lado a otro, y de arriba a abajo, desenrolla el pañuelo y emerge victorioso al mundo; solo para ver que otra oscuridad lo arropa. Sobrecogido, observa por segunda vez el nuevo mundo, donde el negro profundo de la oscuridad parece querer tragarlo.
Voy al baño para cambiarme lo antes posible y no perder más tiempo.  Afortunadamente tengo la muda de ropa  que uso cuando debo hacer doble turno. Salgo del baño y me sumerjo en las luces y el atontamiento del ruido de las máquinas y la música de fondo.
Alexa me esperaba enojada como siempre y descortés como nunca. Enojada me dijo que era tarde,  y contenta, me dice que  mientras me esperaba, un cliente le dio una buena propina. ¡Con tu máquina de la suerte! ¡ la del rinconcito oscuro! me dice, y agrega que en su turno nadie gana allí ¡Imagínate! me espeta mientras se agarra la cadera con la mano izquierda, y desata mi corbata con la derecha. Chao.. se despide y me deja con el mal sabor de boca por partida doble: sin diente y sin propina.
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Está oscuridad es de otra índole; impersonal y sin alma, hace juego con el frio del locker donde el diente fue abandonado. Extraña la oscuridad de la boca donde había vivido y se pregunta si podrá volver algún dia. Un estremecimiento se apodera de toda su dentina, asustado, se da cuenta de que no se está moviendo y no entiende lo que ocurre; solo sabe que quiere estar en la boca de donde ha salido.
¡Vaya dia! el trabajo de siempre se complica con los nuevos clientes que se quejan, y los viejos clientes que se quejan aún más, para no ser menos. Las dos viejitas, Margot y Viviana, que me llaman para pedirme una, que suba la temperatura del aire acondicionado, y la otra que la baje. Como siempre subo la temperatura y me voy, solo para regresar diez minutos más tarde para bajar la temperatura del aparato y verlas pelear.
¡Zorra!, le dice la una, ¡engañada! le contesta la otra. ¡El viejo Ezequiel no te queria! ¡te huele a muerto la boca!  Margot se voltea mientras sus vecinas se rien  y espeta: ¡al menos se caso conmigo! ¡tú solo fuiste un jugueteo de quince minutos! ¿Quince minutos? ¡veinte años y dos hijos! ¡tú solo le diste un hijo, porque toda su pasión era para mi! ¡Su Vivianita! Asi, más o menos, es la pelea de estas dos mujeres.  Las dejo para hacer mi ronda y supervisar las chicas y el funcionamiento de las máquinas, curiosamente tengo un pálpito y pienso en mi pobre diente abandonado en el locker..
Mi dueño me abandonó. ¡Debo irme de aquí! el diente rueda hacia una pequeña luz que se filtra por una rendija. Se detiene,  siente el frio del metal, y se pregunta como hará para huir. Deja de pensar y tan solo se mete por la rendija, la luz lo baña y lo ciega por un momento, y he aquí que se da cuenta de que puede ver ¿puede ver sin ojos? ¡es un diente! resbala y la caída en el vacio lo saca de esas divagaciones.
Cae al suelo y rebota, curiosamente le parece agradable la situación. El sabor de lo prohibido y la excitación de la aventura lo confortan. De repente, algo mullido lo envuelve, es la zarpa de Félix, el gato del bingo, que lo ha elegido como nuevo juguete, lo zarandea de arriba a abajo freneticamente, lo deja en el suelo y le hace dar vueltas. Se cansa y haciendo malavares con sus patas lo esconde en el pañuelo y corre a otro sitio.
El presentimiento es muy fuerte y no deja que me concentre en mi trabajo. Salgo de la sala y voy a mi locker. Lo abro y al desenredar el pañuelo me doy cuenta de que el diente se ha perdido.  ¡pero si lo dejé aqui! ¿donde está? cierro la puerta con furia, trato de calmarme y  me doy cuenta de que me sangra la encia.
En el estacionamiento el gato salta sobre un carro y luego  hacia la salida del ducto de ventilación.  Se mete por un agujero en la pared y llega a su cubil. Se sienta y con las patas traseras y un movimiento inaudito de su cuello, extiende el pañuelo, lo desenrolla y saca el botín: botones, bolas de metal, tela y nuestro diente aventurero. Este se ve reflejado en los ojos almendrados y amarillos del gato, algo nervioso dice sus primeras palabras a otro ser vivo:
- Hola, gatito.
El gato retrocede y mueve sus bigotes, luego vuelve a fijar su vista en el diente y para sorpresa de este le responde.
- Hola dientecito. No sabia que los diente humanos desechados pudieran hablar. Dice el gato.
- ¡No soy desechado!
-¿como es que estás fuera de la boca de tu dueño?
-Solo se que un golpe muy fuerte me hizo salir de allí. Envuelto en sangre y saliva caí al suelo. Me guardaron en un locker y ahora estoy aquí.
-¡jajajajaja! Una vida interesante. Vamos a ver la bola de cristal y asi sabremos lo que te espera.
Félix trae rodando una bola de cristal algo sucia hasta donde está el diente. Este ve el gato, ve la bola, ve el cuarto lleno de cosas, y al reflejarse en la superficie curva y cristalina del objeto de vidrio, se ve llorando.
El gato se rie a carcajadas y le dice que se calme, y mire la bola. Sorprendentemente, se forman imagenes en esta, borrosas primero, y luego más claras; un flujo copioso de formas pasa sobre la superficie curva del vidrio;  el diente solo logra atisbar la imagen de su dueño en el locker, triste y meditabundo.
- ¡Debes llevarme con mi dueño! le dice al gato.
-¡Ya tienes dueño!¡Soy yo! rie el felino.
- ¡Sabes a quién me refiero!
-¡claro, claro!¡el jefe de sala! dice el gato quien se acaricia la cara con su pata derecha.
-No es un hombre malo. Dice y luego se duerme.